"PUERTO RICO MIO"
por Jack Delano
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Abuela (cuento)
Sobre la frente, cubriendo la cabeza y atado a la nuca, un pedazo de tela percudida. Sus ojos hablaban de encontrados siglos, de vivencias... de penas. La nariz aguileña adornábale criollas facciones, recordando el nórdico elemento de su origen... y su hacer (las más de veces rudo), contrastaba con la voz que me llamaba a la mesa. Un carácter de los mil demonios no daba espacio a debilidades y era el bastión del buen nombre de una descendencia tan numerosa como diversa, con unas creencias que "pretendían estar arraigadas", pero delante de ella... ¡nadie osaba siquiera pensar diferente!

Trece hijos tuvo, de los que enterró cinco antes de irse. Dejó sus huesos en una finca cafetalera hasta los noventa y tantos años. Vistió de blanco a muchas nietas y biznietas, recibió en sus brazos decenas de hijos de hijos... ¡de hijos! De sus hijas mayores, la cuarta recibió su útima bofetada después de los cincuenta, amortajó al único hijo soltero que la acompañó siempre, y a mí me quitó un "hot pant" delante de toda la familia, un domingo a mis trece años. "¡Los hombres están cansados de que les estén enseñando las nalgas!", decía. Años después me dí cuenta de que es cierto, pero no por eso dejan de mirar.

A mi hermana no le quería el novio por negro, pero nadie se sorprendía: a papi no quería verlo ni en foto porque era hijo de un negro. Sin embargo a nosotras cuatro, con tener la vena (porque esta naríz mía de algún la'o salió), nos amaba.

Con la cabeza cubierta, sentada a escoger café, desgranar gandules, pelar plátanos o lavar a mano, cedía la cocina a mami y se sentaba en la mecedora a repasar. Todo lo sabía de cada hijo, de cada nuera, de cada yerno, de cada nieto. Aún hoy nos preguntamos cómo se enteraba. A mí me contaba los novios y a uno de mis primos le acusaba de cornudo. Mi primo terminó dejando a la mujer por infiel diez años después y hasta hace 'veintialgos' yo seguía contando novios.

¡Hasta las avispas le tenían miedo!
Murió después de un siglo... de tanto vivir.

©Rufina

La Poza (cuento)
Era sábado y estábamos en la casa de la finca con la abuela y el tío Pepe.
Cuando llegamos ya era más de media mañana y Mami se puso a cocinar de inmediato. Yo agarré una escoba y me fui a barrer los únicos dos dormitorios que le quedaban a la casa, uno a cada lado del espacio que era sala-comedor, donde había una mesa, dos sillas, una hamaca envuelta en una viga y una mecedora. Con los años, la casona había perdido el enorme balcón que la circundaba y tres habitaciones, dejando el anexo que hacía de cocina bastante vulnerable, pues quedaba al borde de un risco (el famoso 'hoyo del infierno') y el terreno cedía a causa de las lluvias porque la vegetación era cada vez más escasa. La pequeña habitación donde estaba el fogón, tenía un lavabo de cerámica esmaltada que colgaba de la única ventana hacia afuera y el agua usada para lavar los trastos y alguna ropa, corría hacia abajo, cosa que igualmente corroía el terreno. Por supuesto no había tubería y se traía el agua de La Poza. La improvisada escalera de madera en la puerta a la derecha, casi quedaba en el aire.

El dormitorio de la derecha era el que ocupaba abuela. Una cama pequeña, una silla de madera que hacía de mesa, el mosquitero envuelto en un nudo colgado de la pared de fondo junto a una ventana, una almohada bajo la cual había una bata doblada, una escupidera en el suelo y una muda de ropa colgando de un clavo. Olía a talco perfumado y a madera. Era amplio el espacio para tan pocas cosas. Terminé de barrer, vestí la cama y me dirigí al otro dormitorio. Allí la historia no era diferente, pero el mosquitero estaba en desorden, unas botas y unos pantalones estaban en el suelo, la muda de ropa en el clavo al lado de una ventana y una silla con la escupidera encima. Olía al sudor de hombre fuerte del tío Pepe. Terminé de barrer y me fuí a la 'sala'.

Escuché una discusión en la cocina. Mami quería llevarse la ropa sucia para lavarla, pero la abuela insistía en que tenía que bajar a La Poza con el tío Pepe y ella lo haría de una vez. Como siempre, ganaba la abuela y yo, entusiasmadísima le pedí ir con ella. Nunca había ido a La Poza y escuchando las historias que se hacían del lugar, me moría por conocerlo. Mami se puso de inmediato a la defensiva:

- ¿A qué vas pa' La Poza? Lo que vas a'cel es estorbar y el camino es peligroso.- decía intentando persuadirme de quedarme con ella y con mis hermanas.
- ¡Déjala, que tú dibas cada dos días desde que caminajte y no te morijte! ¿Ya vas a empezar con tuj mie'os por lo que pueda decirte el pendejo marí'o tuyo? ¡Están criando a esas muchachas como inútiles, carajo!- le amonestaba abuela.
- Es que si se cae y se pela las rodillas... - intentaba explicar Mami.
- ¡Se le unta limón y ya! ¡No me jodas tú, después de vieja estúpida!- se reía.- ¡Vámonos Lely!- y yo, feliz, la seguía. - ¡Pepe, avanza, que va a llover!- agarró un lío de ropa y siguió caminando.
El tío Pepe salía del cuarto estrujándose los ojos soñoliento y nos seguía.
- Nena, ¿vas con nojotros pa' La Poza?- preguntaba inocente.
- No, va pa' la luna... - contestaba la abuela riéndose.

Bajamos por el camino que llevaba a la tormentera y tomamos otro más empinado, bordeando los sembrados de yuca, más abajo de los glasis. Caminamos un buen rato bajando, hasta que nos encontramos con el camino de piedras por donde bajaba el agua de manantial. Al fondo, había como un trecho pequeño de río que parecía terminar en una arboleda donde había un par de flamboyanes.

- ¡Qué lindo esto, abuela!- le dije encantada metiendo los pies en el agua, mirándolo todo como queriendo retener cada detalle en mi memoria.
- Píntalo, Lely. Te va a quedar bonito.- me decía.
¡Y claro que lo iba a pintar! El tío Pepe me miraba riéndose como un niño grande mientras recogía grosellas, y abuela me mostraba cómo se lavaba mejor la ropa, tomando una enorme barra de jabón amarillento y un pedazo de cachipa de coco para estrujarla sobre una piedra. Yo la miraba atenta hasta que terminó, hizo el lío con la ropa mojada y dijo:
- Vámonos que hay barrunto. - miraba al cielo que ya empezaba a nublarse. - Ya mismo se raja a llover y tu mai se muere si nos coje el agua por acá.- decía a carcajadas. - ¡Ah! ¡Esa mai tuya sí se ha puesto pendeja! Mira, mija, ¿ves que verde lindo? - señalaba las montañas que se perdían a lo lejos - Este olor a tierra mojá, este ruido de agua corriendo, este cielo que casi se pué' tocal, esto, mija... esto eres tú. - hablaba firme y me miraba a los ojos.- No te olvides nunca.
Yo afirmaba como hipnotizada.

Tomamos el camino de regreso bajo una llovizna persistente y un viento que se sentía más fuerte conforme subíamos el guindo. Al menos con una rodilla pelá llegué a la casa, pero lo que viví ese día en La Poza, no se me iba a olvidar mientras viviera.

©Rufina

Andadas
De repente se siente haber vivido tanto,
que al parecer no hay sitio
para emociones nuevas.
El descubrir se asume como algo adquirido
y aprender es el folio que hemos completado.
Cuando llega el momento del nefasto cansancio,
quisiéramos tener
una honrosa salida
o una excusa creíble al horror de fallarle
a nuestros propios pactos.

De repente el apego a recuerdos lejanos
lo descubrimos vano,
sin propósito alguno
y de cara a la vida intentamos vencer
las viciosas rutinas que creimos causantes
de pequeñas victorias,
dueñas incuestionables
de más de un fracaso.
Y se siente de pronto que dejar que la inercia
nos gane la partida es común desafuero
y normal consecuencia
del final de los años;
como si despedirnos de la vida vivida
fuera una pena enorme
en lugar de una fiesta.

Al fin que quien despierta de esta cruel pesadilla
(que es un enorme engaño),
descubre en realidad
que le queda camino...
¡y no ha vivido tanto!

©Rufina

A tí
Hombre canción,
llanto, dolor, esperanza,
dulzura, veneno, fuego,
frescura, sabia palabra...
Tibio abrazo a los sentidos,
piel que estremece, ambrosía,
aliento que resucita...
¡Violenta pasión que mata!

A ti, hombre-universo,
-en tu pequeñez oculta-
espontáneo, creador constante,
constructor de tus futuros,
inagotable guerrero...
¿Qué será lo que te espera?
Luego de luchas, conquistas,
aliento, llanto de muerte...

Cuando no esté la canción,
en tu universal grandeza
se haya secado la piel...
¡y se muera la palabra!

©Rufina

Pa' traj

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